1ª Parte
Debido a la longitud y el tiempo que está requiriendo este post, y dado que la estructura de la entrada lo permite, he decidido partir la entrada en dos partes. La segunda parte se publicará en breve.
“¿Y si no tiene éxito? Y si hace el
intento y fracasa, si su cable se pierde en el mar, ¿que hará entonces?”
Lord
Clarendon, Ministro de exteriores de Reino Unido
“Cargarlo a beneficios y pérdidas, y
ponerme a trabajar para hacer otro.”
Respuesta
inmediata de Cyrus W. Field
Hoy en día, cuando se habla de
telecomunicación, automáticamente nos viene a la mente un dispositivo
electrónico, un teléfono, una radio, un televisor o un ordenador. E inmediatamente
pensamos en una formidable red global que comunica a todo el globo a la
velocidad de la luz, permitiendo por ejemplo, que yo desde España, publique
esta entrada, e inmediatamente sea enviada a un servidor en algún lugar
(posiblemente en EEUU), y prácticamente de forma simultanea esté disponible
para todos aquellos lectores que quieran acceder a ella desde cualquier lugar
del mundo (como se puede apreciar en el mapa de abajo).
Que esto sea considerado normal,
muestra hasta que punto las telecomunicaciones electrónicas han pasado a formar
parte de nuestra vida. Hasta tal punto que nos resulta tremendamente complicado
entender un mundo en el que la información no podía viajar a mayor velocidad
que el trote de un caballo o un barco impulsado por el viento.
Pero así
estaban las cosas, al menos hasta que a finales del siglo XVIII y principios del
XIX, el increíble potencial que ofrecía la electricidad en las comunicaciones
empezó a ser estudiado, había nacido la telegrafía. En los años 30 del siglo
19, Samuel Morse y Jospeh Henry en Estados Unidos y W.F
Cooke y Charles Wheathstone en Gran Bretaña comenzaron a desarrollar comercialmente el telégrafo. En
1850, Gran Bretaña, la mayor parte de Europa y las zonas más pobladas de
América estaban conectadas. Y en 1842 Morse había demostrado la viabilidad de
un cable submarino. En 1851 entró en servicio el primer cable telegráfico entre
Dover, Reino Unido, y Cap-Gris Nez en Francia. El progreso era lento, los pasos con frecuencia eran en
falso. Pero a base de prueba y error los ingenieros aprendían: Pronto se unió
Irlanda con Escocia. Inglaterra con Holanda. Corcega, Cerdeña,… Europa y África
quedaron conectadas en 1854. El gobierno británico instaló un cable en el mar
negro en 1855 para comunicarse con sus tropas en Crimea.
Pero un formidable obstáculo seguía pendiente entre la humanidad y la red global de
comunicaciones. América y Eurasia aún seguían separadas por el Océano
Atlántico.
Esta es la
historia de como ese obstáculo fue superado:
Un americano visionario:
Cyrus W. Field (en la imagen) no tenía ningún conocimiento particular de electricidad, telegrafía o
ingeniería. Pero no se le puede negar espíritu emprendedor. Nacido en 1819 en
Nueva Inglaterra, era el menor de 7 hermanos. Con 15 años partió a Nueva York
en busca de fortuna, para volver varios años después y unirse a varios hermanos
en el negocio de la fabricación de papel. Las cosas no fueron bien, la empresa
quebró y un joven Cyrus hubo de hacerse cargo de las deudas. Tras años de muy
duro trabajo, Field se retiró con una fortuna de 250000 US$ de la época y
dejando tras de sí una empresa saneada y sin deudas. Los médicos le habían
recomendado descanso y así hizo durante los siguientes años, viajando con su
familia por Europa y posteriormente en solitario por América del Sur.
Field no
tenía intención de dedicarse a nuevos negocios cuando, reposando entre viajes,
se puso en contacto con un ingeniero inglés que buscaba financiar su proyecto:
N. F. Gisborne pretendía que los
transatlánticos que repostaban carbón en St. John, pudieran enviar mensajes a Nueva York por telegrafía ganando varios
días. Para ello había que construir una
línea telegráfica a través de Terranova. Pero al ver el globo terráqueo, Field tuvo una inspiración: El cable de
Terranova no era más que un primer paso. El siguiente era conectar St. John e
Irlanda, y con ello Europa y América a través del Atlántico.
Cyrus
buscaría consejo de dos eminentes personalidades: El pionero y mayor experto en
telegrafía: Samuel Morse y uno de los más reconocidos expertos en la nueva
ciencia de la Oceanografía: El teniente de la USN Matthew Fontaine Maury. La respuesta de ambos fue positiva:
Los recientes estudios oceanográficos habían demostrado la conveniente
existencia de una relativamente plana meseta submarina entre Irlanda y
Terranova y Morse había demostrado en diversos experimentos que era posible
transmitir y recibir mensajes telegráficos a distancias mayores de 3500Km.
Ante esta
optimista respuesta, Field se puso manos a la obra y comenzó la carrera para
conseguir la financiación necesaria. Consiguió 1,25 millones de dólares para
poner a flote la empresa de Gisborne y concesiones locales para obtener el
monopolio de la telegrafía entre Terranova y Labrador. El dinero se invirtió en
completar el cable Terranova - Nueva York, donde la geografía y la meteorología
complicaban el trabajo, y en nuevos estudios del fondo marino en el Atlántico
Norte. Con estos éxitos, Field partió a buscar apoyos a ambos lados del
Atlántico. Y lo consiguió, principalmente en Reino Unido (los inversores
americanos se mostraron más difíciles), donde logró reunir capital para la
fabricación y el tendido del cable (unas 350000 Libras) y la garantía por parte
de los gobiernos británico y americano (gracias a un único voto de diferencia
en el congreso de EEUU) de que consumirían un importe mínimo en servicios de
telegrafía, con la condición de que los mensajes gubernamentales tendrían
prioridad sobre las comunicaciones comerciales.
Comienza la empresa:
Con el dinero
de los inversores y el apoyo gubernamental, se fundó la Atlantic
Telegraph Company (ATC) y se buscó reclutar a los
mejores expertos en el campo de la telegrafía… algo que no siempre se logró.
Entre los
protagonistas de esta aventura destacan:
Charles Tilston Bright un jovencísimo y brillante ingeniero que con solo 19 años había
instalado una red subterránea de telegrafía en Manchester, en una sola noche y
sin cortar el tráfico. Y ya había realizado experimentos sobre la viabilidad
del cable atlántico aun antes de que Cyrus se interesara en el proyecto.
El Dr. Edward Orange Whitehouse como técnico electricista. El Dr. Whitehouse era un cirujano metido a
electricista aficionado, su entusiasmo contribuyó a movilizar el proyecto, pero
sus ideas fijas e incapacidad de reconocer sus propias limitaciones se
encontrarían entre sus mayores defectos.
Mención especial merece el científico irlandés William Thomson, más conocido hoy por su titulo (adquirido posteriormente) Baron Kelvin de Largs y
por sus investigaciones en la termodinámica.
Educado en su casa por su padre, profesor
de matemáticas en la universidad de Glasgow, con solo veintidós años Thomson
llegó al puesto de profesor de filosofía natural en Glasgow, donde estableció
el primer laboratorio de prácticas para los estudiantes de física.
Su relación con el telégrafo se inicia
con su investigación de las corrientes transitorias que se producen en los
instantes inmediatamente posteriores al cierre de un circuito y de la velocidad
de las corrientes eléctricas a través de un conductor, que le llevaron a
formular su “ley de los cuadrados”. Esta establece que la velocidad a la que
pueden transmitirse mensajes por un cable es inversamente proporcional al
cuadrado de su longitud. La única forma de acelerar la retransmisión es
aumentar el grosor del núcleo conductor.
Por desgracia los descubrimientos de
Thomson no fueron plenamente aceptados por los científicos de la época e
incluso fueron rechazados de plano por algunos como el Dr. Whitehouse. El cable
pues se diseño de forma defectuosa y la urgencia por instalarlo en verano de
1857 hizo que fuera demasiado tarde para hacer mucho más que algunos arreglos
cuando Thomson se unió al proyecto.
Completado en el tiempo record de seis
meses el cable consistía en un núcleo de seis hebras conductoras de cobre
entrelazadas alrededor de una séptima, aisladas por tres capas de gutapercha. El núcleo, fabricado por la Gutta –Percha Company (en la imagen superior, el la fabrica de Gutta - Percha Co. durante la construcción del aislamiento), se rodeaba de un
recubrimiento de cáñamo reforzado por cables de hierro, que fue producido por Glass Elliot &
Co. y R. S. Newall & Co. Tenía un
espesor de 1,5cm y pesaba casi 1,5Kg por kilómetro, más de 2500 toneladas para
todo el cable más de lo que podía transportar ningún barco de la época.
La primera expedición:
Para tender el cable, haría falta
repartir la carga entre dos barcos y conectar las mitades de cable en algún
punto del trayecto. La US Navy ofreció uno de los barcos más modernos de la
flota: el USS Niagara,
con un peso de más de 5500t, era la mayor fragata de vapor del mundo, capaz de
alcanzar velocidades de diez nudos (unos 19Km/h). Por parte de la Royal Navy se
cedió el uso del buque de línea HMS Agamennon (La imagen de arriba presenta ambos barcos antes de la partida, el USS Niagara a la dcha y HMS Agamennon a la izq.), el primer buque de batalla británico
concebido para ser propulsado por un motor de vapor. Ambos buques fueron
modificados para cargar en su interior 1250t de cable tenderlo en su viaje de
cruce por el atlántico (las imagenes de abajo muestran el almacenamiento del cable a bordo del Agamennon y el mecanismo expendedor a bordo del Niagara). Aunque el Agamennon
tuvo que cargar parte importante del cable en cubierta, ya que no contaba
con suficiente espacio interior. La expedición sería escoltada por las fragatas
HMS Cyclops y USS Susquehanna.
Después de cargar el cable, conectarlo a la red telegráfica irlandesa y de los actos protocolarios, la flota telegráfica partió el seis de Agosto de 1857 desde la bahía de Valentia, en el condado de Kerry en Irlanda, bajo la mirada de una multitud exultante. El Niagara tendería el cable en un principio y el Agamennon le acompañaría hasta que a mitad del trayecto llegase el momento de cambiar los roles. De esta forma ambos barcos podrían comunicarse entre ellos y mantener contacto permanente con tierra, pero si a mitad de trayecto la climatología impidiese hacer el empalme, la expedición sería un fracaso.
A bordo se encontraban los actores principales de esta empresa, entre ellos el Sr. Field, como representante de la empresa y el Sr. Brigth como ingeniero jefe del proyecto. El Dr. Whitehouse en calidad de jefe electricista debería de haber asistido, pero aludió razones de salud para no embarcar, y el Dr. Thomson accedió a remplazarle en la expedición, su renuncia a cobrar por ello desvela su voluntad de trabajo en pos del progreso.
La expedición transcurrió con
normalidad los primeros días, en todo momento se mantuvo la comunicación con
tierra (salvo una breve interrupción de unas horas que se produjo a la mañana
del día nueve), demostrando que el proyecto era posible. Para compensar ante
posibles irregularidades del fondo marino, el cable se tendía a mayor velocidad
que la de avance de la flota, ello obligó a que el día diez fuera necesario
frenar el tendido del cable, por desgracia, se aplicó una tensión excesiva y el
cable se rompió y cayó al fondo. Se habían perdido 539Km de cable y no quedaba
suficiente para volver a intentarlo. Hubo que cancelar la expedición y esperar
hasta al verano siguiente para intentarlo de nuevo.
Pero nadie estuvo ocioso durante el
año siguiente. Hasta el momento de su rotura, el cable había mantenido a la
flota en comunicación con tierra. Field empezó de nuevo a buscar capital, para
descubrir que EEUU estaba barrido por la recesión y que había perdido la mayor parte de su fortuna. Pero su confianza y
optimismo en el futuro le permitió con mucho esfuerzo reunir el capital suficiente.
Mientras tanto el Dr. Thompson
continuó sus investigaciones en el campo de la telegrafía. Descubrió que, con
un detector lo suficientemente sensible, es posible detectar en el extremo de
un cable las primeras variaciones de tensión al aplicar una tensión en el
opuesto. A partir de ahí, desarrollo un nuevo dispositivo, el galvanómetro de espejo (imagen superior). En este instrumento, una bobina en
un campo eléctrico se mueve según el signo de la corriente que pasa por ella,
en vez de mover un indicador, como era habitual hasta ahora, Thomson decidió
emplear una fuente de luz y un espejo para amplificar, hasta hacer visible, el
movimiento de la bobina. De esta forma inventó un medidor sin peso.
El Dr. Whitehouse, por su parte,
rechazó las conclusiones de Thomson y decidió resolver el problema aplicando
fuerza bruta en el extremo emisor del cable. Su idea era que de esta forma, por
muy burdo que fuera, cualquier aparato detector (como por ejemplo, la impresora
automática patentada del Dr. Whitehouse) podría percibir la señal.
Siguiendo instrucciones de Brigth, el
mecanismo expendedor fue rediseñado para evitar que se vuelva a aplicar
demasiada tensión sobre el cable, del cual se fabricaron 1000Km adicionales
para remplazar lo perdido (el mecanismo encontraría otra aplicación en las
cadenas para presos, de forma que siempre aplicaban suficiente tensión sin
llegar a dañar al sujeto). También insistió en ensayar el tendido del cable
antes de comenzar la expedición nuevamente. Asimismo se decidió que ambos
barcos partiría por su cuenta hacia un punto de encuentro y ahí realizarían el
empalme del cable, pudiendo esperar a las mejores condiciones meteorológicas
para ello, partiendo posteriormente cada barco en dirección opuesta para su
tendido.
La segunda expedición:
Nuevamente serían el HMS Agamennon y el USS Niagara, los encargados de tender el cable. Los escoltas serían
el HMS Gorgon
y el HMS Valorous
(este último en reemplazo del USS
Susquehanna, que se encontraba en las indias orientales en cuarentena por
una plaga de fiebre amarilla). Nuevamente el Dr. Whitehouse aludió razones de
salud para no embarcar y nuevamente volvió Thomson a ocupar su puesto.
Realizados todos los preparativos, la flota telegráfica estuvo lista para
partir el 10 de Junio de 1858.
Pero el 12 de junio una enorme
tormenta separó a los cuatro barcos unos de otros, y el viejo Agamennon, sufrió
duramente. Nicholas Wood, corresponsal a bordo del
London Times escribía: “Nuestro barco el
Agamennon se balanceaba fuerte mente y parecía que en cualquier momento fuera a
partirse. Las masivas vigas debajo de su cubierta superior chasqueaban y
crujían con un sonido similar al de la artillería ligera, que casi superaba al
monstruoso rugido que ejercía el viento al pasar entre los mástiles.”
El barco iba sobrecargado y el cable y
el carbón se balanceaban amplificando los movimientos del buque y en más de una
ocasión se barajó desalojar la carga y volver a casa. Pero el capitán se negó a
terminar la expedición y gracias a su habilidad, logró que barco, tripulación y
carga sobrevivieran sanos y salvos a la tormenta que duró toda la semana. Pero las dificultades aun no habían
terminado.
Todos los barcos llegaron al punto de
encuentro, donde se pudo realizar el empalme y el 26 de junio ambos barcos
partieron en direcciones opuestas. Pero a los 4,5Km el extremo del Niagara se rompe, y ambos barcos han de
volver a realizar el empalme nuevamente. Esta vez, sin embargo, tras 128 Km,
ambos barcos perdieron el contacto, la sorpresa fue mayúscula cuando al volver
al punto de contacto, ninguno había roto el cable. Este se había roto en el
fondo del mar sin causa aparente. Nuevamente se realizó un empalme, pero por
desgracia a los 320Km se partió el extremo del Agamennon.
Con escasez de cable y provisiones, la
segunda expedición fue abortada y la flota se dispersó para su retorno a
Irlanda. Esta vez el pesar era máximo. Entre el comité de directores se sugería
vender el cable restante y abandonar. Pero Field y Thomson lograron convencer
al comité para un nuevo intento.
La tercera expedición:
Por tercera vez, la flota telegráfica
partió de Valentia el 17 de Julio de ese mismo ese año y llegó sin incidentes
al punto de encuentro donde el 29 de Julio se realizó el empalme. Durante su
viaje hacia América, el Niagara no
sufrió ningún incidente. Cosa que no se puede decir del Agamennon, pues escasas horas después de realizar el empalme, se
perdió la comunicación con el Niagara. El Dr. Thomson había anunciado ya la
rotura definitiva del cable, cuando hora y media después y sin motivo aparente,
el contacto se restableció.
Por si fuera poco, durante el trayecto
hacia Irlanda, la climatología volvió a mostrarse adversa, y en más de un
momento se temió por la integridad del cable, que milagrosamente aguantaba una
tensión que no debería de sufrir. Mientras tanto, vientos en contra obligaban a
realizar el trayecto con el motor, con lo que las reservas de carbón amenazaron
con acabarse.
Pero no fue el caso y finalmente, el
cinco de Agosto, las costas de Terranova estaban a la vista. Alertados por un
cañonazo del Valorus, los habitantes
de Dingle Bay, salieron entusiasmados a recibir al Agamennon, disputándose entre ellos el
honor de traer el cable a tierra.
Poco después de atracar, llegaba la
noticia de que el Niagara se preparaba
para hacer lo mismo en las costas de Terranova. Los 3300Km de cable funcionaban
adecuadamente. El tendido de cable había concluido con éxito.
Éxito y fracaso:
“Europa y América están unidas por telegrafía. Gloria a Dios en los
Cielos, en la Tierra, paz y buena voluntad entre los hombres”
Estas eran las primeras palabras
transmitidas por telegrafía entre ambos continentes. La noticia de que el
telégrafo funcionaba, propició celebraciones a ambos lados del Atlántico. Aun
se tardarían más de diez días hasta que el servicio estuviera abierto al
público pero ello no aminoró las emociones y cuando el 16 de Agosto, un mensaje
de S.M. la reina Victoria al presidente Buchanan (abajo el mensaje de su majestad al presidente Buchanan y la respuesta del presidente a S.M.) inauguró el servicio, el hecho fue
celebrado con fuegos artificiales en el
ayuntamiento de Nueva York.
Charles Bright fue nombrado caballero
con solo 26 años, por su labor como ingeniero jefe en la empresa. Mientras que
a Cyrus W. Field se le otorgaba, el 1 de septiembre de 1858, en Nueva York la
recepción de un héroe.
Nunca sabremos que pensaba Cyrus en
ese momento, si ya conocía la terrible verdad o simplemente se la imaginaba y
deseaba con todas sus fuerzas que aun hubiera solución. Pero aquel uno de
septiembre el cable había dejado de transmitir de forma definitiva.
Lo cierto es que ya desde su
conclusión, las comunicaciones por el cable eran prácticamente ininteligibles.
Durante los diez días en que el cable estuvo cerrado al público se luchaba
contra ese hecho, Whitehouse propuso como solución remplazar el galvanómetro de
Thomson por su impresora receptora y aplicar en el extremo emisor hasta 2000V
de potencia (generada por las enormes bobinas de inducción que él había
diseñado), lo que agravó el problema y contribuyó al fin del cable.
Durante el tiempo que estuvo en
funcionamiento, este no fue ni mucho menos óptimo. La mayor parte de los
mensajes consistían en peticiones para volver a transmitir más lentamente un
mensaje mal recibido. Los mensajes comerciales, se acumulaban a ambos extremos,
ya que con frecuencia se requerían de horas, si no días para la correcta
emisión de estos.
Las acusaciones corrieron. Aquellos
que con más intensidad celebraron el acontecimiento ahora denunciaban todo como
un fraude. Un cable transatlántico era imposible y jamás funcionaría
satisfactoriamente. Desde luego no tal y como se había realizado. Simplemente
mediante la prueba y el error, sin un conocimiento detallado de las leyes de la
naturaleza que gobiernan la electricidad y sin realizar ninguna labor de
ingeniería previa, un proyecto de tal magnitud estaba destinado a fracasar.
Pero la ciencia y la tecnología
avanzaban en todos los campos a un ritmo vertiginoso y al hacerlo, proporcionan
a la humanidad nuevas herramientas para realizar sus proyectos.
El cable transatlántico aun no había
muerto.










