
“Claro que el café es un veneno lento; hace cuarenta años que lo bebo”
Voltaire
“¿Qué si me gusta el café? Casi tanto como el oxígeno”
Lorelai Gilmore
¿Qué tienen en común estos dos, sin contar que hablan de café? Cierto optimismo e ironía los acompaña. Os reconozco que la segunda ni siquiera existe, pero lo cierto es que es muy posible que el primero no dijese una frase parecida a esa nunca. ¿Importa realmente? Si sólo es un pretexto para hablar de un placer sencillo…
El café. Como casi todas las cosas, unos lo aman, otros lo odian, otros suben los hombros y “puff”.
Cuando eres niño te espanta el olor, y a medida que creces (si eres afortunado) empiezas a aceptarlo, “no está mal, mejorable” dices la primera vez. A medida que te gusta más y más lo incluyes en tus costumbres, hay ciertos momentos del día que se los dedicas, es el café estable y duradero. Otras veces, te apetece en un momento poco usual y planeado, quizá tomas uno furtivamente en una cafetería, o pides uno para llevar y disfrutas de él en un parque: en estas ocasiones tiene un excitante olor y el sabor de la espontaneidad. Otras sirve para conocer mejor, acercarte más a alguien(¿tomamos un café? más viejo y eficaz que ¿conoces a ted?). En exámenes, nos ayuda a permanecer despiertos y con cierto optimismo nada despreciable en épocas de crisis. Puedes tomarlo de muchas formas, millones si eres imaginativo (leche, nata, crema, vainilla, canela, …) ¿No tiene pues mucho en común con las cosas buenas? ¿los libros, las risas, incluso el sexo?
Hay tardes, como la de hoy, que un futuro incierto y desesperante se acerca (época de exámenes, sí, amigos). Tras una noche poco reparadora y cierto desasosiego, me tomo el peor café inimaginable (para disolver) y un optimismo sutil se viene a apoderar de mí. Por eso vengo aquí a hablaros de un placer sencillo.
(Os concedo que no me ha hecho estudiar, al fin y al cabo…)